Es cierto, el terremoto visibilizó la latencia/potencia de lo cotidiano... Pero solo para eso, para poder seguir viviendo, no hay ánimo de trascendencia, ni de supraorganización... Esta vivencia es lo que llamamos un simulacro:
Los simulacros nos hacen vivir cosas que parece que no podamos vivir en nuestra vida real, pero al vivirlas en ese momento hace que no paralicemos la esperanza de lo imposible. Los simulacros ayudan a sobrevivir. Son una “no renuncia” a sentir/pensar/hacer experiencias diferentes. Facilita que cuando “el virus” entre se reproduzca, pero no quiere decir que está abierto, sino que está “no paralizado”, que esa experiencia queda grabada para una próxima vez que haga falta recurrir a ella, pero que por ella misma no hará nada si no se contamina…Abren a la esperanza de lo imposible.
Los simulacros “suponen la disolución de los límites entre ficción y realidad, (...) es decir, son oportunidades para convertir las vivencias en saber efectivo y en experiencia, (...) propician el relato de aquello «no dicho», de aquello de lo que no se habla.” Rocío GÓMEZ ZÚÑIGA y Julián GONZÁLEZ MINA.
Los simulacros son vivencias, no el espectáculo de ver vivir, sino una vivencia en si misma, pero es una vivencia que se vive en una condiciones de espacio y tiempo tales, que pensamos que es una cosa que está circunscrita a esas condiciones especiales: como las del carnaval, o como las de la tasca/taberna/cantina... Pero a pesar de eso las hemos vivido y eso puede propiciar que se activen en el futuro, en eso que pensamos como la vida real.